Castañuelas

Patxi Serveto / Espacio Natural de Doñana

Reproducimos el artículo de nuestro contertulio Juan Villa publicado el  lunes 10 de octubre en el diario onubense Odiel Información, hoy El Periódico de Huelva, con la fotografía de Patxi Serveto de la siega de castañuela en la marisma.

Castañuelas

Juan Villa

Pedro Luis Herrera, guarda de Doñana –vástago de dos de las más señaladas estirpes de la marisma, los Torero y los Clarita- me lleva a Hato Villa. Recuerda Pedro Luis que al pie de unas zarzas, ahora enormes por el abandono, fronteras a la barda del antiguo huerto de la casa, había quedado una de las máquinas segadoras que antaño se utilizaran para la siega de la castañuela. Era una máquina sucinta –explica-, primitiva, tirada por dos mulos que vino a sustituir allá por los años sesenta a la tétrica guadaña. No la vimos al llegar. O alguien la había retirado o las zarzas habían terminado por engullirlas. Fue al subir al todoterreno para irnos cuando apreciamos una especie de enorme uve de hierro corroída e incrustada en el barro seco del Soto Chico. Al sacarla, Pedro supo que era la lanza en la que los mulos se enganchaban. No quedaba nada más o se agusanaba en la umbría impenetrable de la maleza vecina.

Frente a Casas Viejas están segando la castañuela. La faena se suele realizar en la agonía del verano o a principios de otoño, según vengan las aguas. Se necesita que las plantas estén secas, retiradas las últimas aguas limosas y antes que las lluvias lleguen. Allí están los segadores, Francisco y Jorge, con sus nuevas máquinas, muy sencillas también, pero muy eficaces, una especie de mula mecánica que lleva delante unas cuchillas que van cortando y escupiendo los haces por debajo.

Me cuenta Jorge que es la tercera generación que vive de este oficio. Me cuenta que su abuelo y su padre y su tío, los “Tenaza” (célebres hoy como diestros tamborileros y constructores de gaitas y tamboriles), atravesaban la marisma por el Camino de lo Baños, desde Villamanrique –la familia es de allí- en una bicicleta en la que se iban montando alternativamente hasta llegar a aquellos lejanos sotos. Me cuenta que segaban con guadaña y se pasaban semanas en el tajo, malviviendo al raso o al amparo hospitalario de los guardas. Me cuenta que ya la vida no es tan dura.

La temperatura es muy alta cuando llegamos, es esta una faena que no puede hacerse temprano, la castañuela húmeda emboza las maquinas. A media mañana se arranca, cuando ya la calima hace reverberar la extensa llanura sin fondo, sin accidentes. Arroya la calor del veranillo de San Miguel.

Antes de las tecnificaciones y los plásticos, la castañuela era muy utilizada, principalmente para construir chozas y para aislar los almiares de paja que duraban hasta tres y cuatro años. Esta labor era fundamental también para que el terreno estuviera despejado en otoño, cuando los ánsares llegan hambrientos del frío norte y necesitan para alimentarse los rizomas que tras la siega quedan soterrados en el barro ya que entre la castañuela crecida, al perder su horizonte de seguridad, temen penetrar para conseguir su sustento.

Francisco viste un sombrero de paja de esos de propaganda y una camiseta que anuncia el vino “Tío Mateo”. Jorge, una camiseta “Nike” y una gorra americana de larga visera. Unas apariencias desubicadas, globalizadas podría decirse. Pero eso, sólo son apariencias. Jorge tiene veintiocho años y con oírle unas palabras, con contemplar alguno de sus gestos, sobra para entender que estás ante un hombre de la marisma, o de la periferia marismeña: sosegado, plácido, hospitalario –nos ofrece el melón que está comiendo-, con perfecta conciencia de su papel en este mundo a pesar de sus pocos años: docto, poseedor de una ciencia heredada y viva. De Francisco, aunque no es de la familia Tenaza –es pariente político- y menos hablador, lo mismo podría decirse.

Cuando casi todo se ha sofisticado y falseado en el Coto, cuando ya nada es lo que era, vemos un oficio antiguo que mantiene toda su autenticidad, a unos hombres que, eliminadas sus apariencias, sus atuendos y sus máquinas, siguen siendo los mismos y con su mismo sentido: colaborar con una naturaleza que los necesita para poder seguir siendo ella también lo que fue. Francisco y Jorge son un espejo, una nota de sentido común, un modelo de lo que se debe hacer si queremos salvar los trastos.

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